Nabo, el negro que hizo esperar a los ángeles.

Un cuento temprano de Gabriel García Marquez (texto completo).

‘Nabo estaba de bruces sobre la hierba muerta. Sentía el olor a establo orinado estregándose en el cuerpo. Sentía en la piel gris y brillante el rescoldo tibio de los últimos caballos, pero no sentía la piel. Nabo no sentía nada. Era como si se hubiera quedado dormido con el último golpe de la herradura en la frente y ahora no tuviera más que ese solo sentido. Un doble sentido que le indicaba a la vez el olor a establo húmedo y el innumerable cositeo de los insectos invisibles en la hierba. Abrió los párpados. Volvió a cerrarlos y permaneció quieto después, estirado, duro, como había estado toda la tarde, sintiéndose crecer sin tiempo, hasta cuando alguien dijo a sus espaldas: “Anda, Nabo. Ya dormiste bastante”. Se volteó y no vio los caballos, pero la puerta estaba cerrada. Nabo debió imaginar que las bestias estaban en algún lugar de la oscuridad, a pesar de que no oía su impaciente cocear. Imaginaba que quien le hablaba lo hacía desde afuera de la caballeriza, porque la puerta estaba cerrada por dentro y la tranca corrida. Otra vez dijo la voz a sus espaldas: “Es cierto, Nabo, ya dormiste bastante. Tienes como tres días de estar durmiendo…” Sólo entonces Nabo abrió los ojos por completo y recordó: “Estoy aquí porque me pateó un caballo”.
No sabía en qué hora estaba viviendo. Ahora los días habían quedado atrás. Era como si alguien hubiera pasado una esponja húmeda sobre aquellos remotos sábados en la noche en que iba a la plaza del pueblo. Se olvidó de la camisa blanca. Se olvidó de que tenía un sombrero verde, de paja verde, y un pantalón oscuro. Se olvidó de que no tenía zapatos. Nabo iba a la plaza los sábados en la noche, se sentaba en un rincón, callado, pero no para oír la música sino para ver al negro. Todos los sábados lo veía. El negro usaba anteojos de carey amarrados a las orejas y tocaba el saxofón en uno de los atriles posteriores. Nabo veía al negro, pero el negro no veía a Nabo. Por lo menos, si alguien hubiera visto seguido que Nabo iba a la plaza los sábados por la noche para ver al negro y le hubiera preguntado (no ahora porque no podría recordarlo) si el negro lo había visto alguna vez, Nabo habría dicho que no. Era lo único que hacía después de cepillar los caballos: ver al negro.
Un sábado el negro no estuvo en su puesto de la banda. Nabo debió pensar al principio que no volvería a tocar en los conciertos populares, a pesar de que el atril estaba allí. Aunque precisamente por eso, porque el atril estaba allí, fue por lo que más tarde pensó que el negro volvería el sábado siguiente. Pero el sábado siguiente no volvió ni estaba el atril en su puesto.
Nabo se volteó sobre un costado y vio al hombre que le hablaba. Al principio no lo reconoció, borrado por la oscuridad de la caballeriza. El hombre estaba sentado en una saliente del entablado, hablando y dándose golpecitos en las rodillas. “Me pateó un caballo”, volvió a decir Nabo, tratando de reconocer al hombre. “Es verdad”, dijo el hombre. “Ahora los caballos no están aquí y te estamos esperando en el coro.” Nabo sacudió la cabeza. Todavía no había empezado a pensar. Pero ya creía haber visto al hombre en alguna parte. El hombre decía que a Nabo lo estaban esperando en el coro. Nabo no entendía, pero tampoco extrañaba que alguien le dijera eso, porque todos los días, mientras cepillaba los caballos, inventaba canciones para distraerlos. Después cantaba en la sala para distraer a la niña muda, con las mismas canciones de los caballos. Pero la niña estaba en otro mundo, en el mundo de la sala, sentada, con los ojos fijos en la pared. Si cuando cantaba alguien le hubiera dicho que lo llevaría a un coro, no se habría sorprendido. Ahora se sorprendía menos porque no entendía. Estaba fatigado, embotado, bruto. “Quiero saber dónde están los caballos”, dijo. Y el hombre dijo: “Ya te dije que los caballos no están aquí. Sólo nos interesaba traer una voz como la tuya”. Y quizás, boca abajo sobre la hierba, Nabo oía, pero no podía diferenciar el dolor que había dejado la herradura en la frente, de las otras sensaciones desordenadas. Volvió la cabeza en la hierba y se quedó dormido.
Nabo fue todavía durante dos o tres semanas a la plaza, a pesar de que el negro ya no estaba en la banda. Tal vez alguien le habría respondido si Nabo hubiera preguntado qué había sucedido con el negro. Pero no lo preguntó, sino que siguió asistiendo a los conciertos hasta cuando otro hombre, con otro saxófono, vino a ocupar el puesto del negro. Entonces Nabo se convenció de que el negro no volvería más y resolvió no volver él mismo a la plaza. Cuando despertó creía haber dormido muy poco tiempo. Todavía le ardía en la nariz el olor a hierba húmeda. Todavía permanecía la oscuridad, delante de sus ojos, rodeándolo. Pero todavía el hombre estaba en el rincón. La voz oscura y pacífica del hombre que se golpeaba las rodillas, diciendo: “Te estamos esperando, Nabo. Tienes como dos años de estar durmiendo y no has querido levantarte”. Entonces Nabo volvió a cerrar los ojos. Los abrió luego. Se quedó mirando hacia el rincón y vio otra vez al hombre, desorientado, perplejo. Sólo entonces lo reconoció.
Si los de la casa hubiéramos sabido qué hacía Nabo en la plaza los sábados en la no- che habríamos pensado que cuando dejó de ir lo hizo porque ya tenía música en la casa. Esto fue cuando llevamos la ortofónica para distraer a la niña. Cuando se necesitaba una persona que le diera cuerda durante todo el día, parecía lo más natural que esa persona fuera Nabo. Podría hacerlo cuando no tuviera que atender a los caballos. La niña perma- necía sentada, oyendo los discos. A veces, cuando la música estaba sonando, la niña ba- jaba del asiento, todavía sin dejar de mirar la pared, babeando, y se arrastraba hasta el comedor. Nabo levantaba la aguja y empezaba a cantar. Al principio, cuando llegó a la casa y le preguntamos qué sabía hacer, Nabo dijo que sabía cantar. Pero eso no le interesaba a nadie. Lo que se necesitaba era un muchacho que cepillara los caballos. Nabo se quedó, pero siguió cantando, como si lo hubiéramos aceptado para que cantara y eso de cepillar los caballos no fuera sino una distracción que hacía más liviano el trabajo. Eso duró más de un año, hasta cuando los dos de la casa nos acostumbramos a la idea de que la niña no podría caminar, no reconocería a nadie, no dejaría de ser la niña muerta y sola que oía la ortofónica, mirando la pared fríamente, hasta cuando la levantábamos del asiento y la conducíamos al cuarto. Entonces dejó de dolernos, pero Nabo siguió fiel, puntual, dándole cuerda a la ortofónica. Eso fue por los días en que Nabo no había dejado de asistir a la plaza los sábados en la noche. Un día, cuando el muchacho estaba en la caballeriza, alguien dijo junto a la ortofónica: “Nabo”. Estábamos en el corredor, sin preocuparnos de lo que nadie hubiera podido decir. Pero cuando oímos por segunda vez “Nabo”, levantamos la cabeza y preguntamos: ¿Quién está con la niña? Y alguien dijo: “No he visto entrar a nadie”. Y otro dijo: “Estoy seguro de haber oído una voz que dijo: ¡Nabo!” Pero cuando fuimos a ver sólo encontramos a la niña en el suelo, recostada contra la pared.
Nabo regresó temprano y se acostó. Fue el sábado siguiente que no volvió a la plaza porque el negro ya había sido reemplazado y tres semanas después, un lunes, la ortofónica empezó a sonar mientras Nabo se encontraba en la caballeriza. Nadie se preocupó al principio. Sólo después, cuando vimos venir al negrito, cantando y chorreando todavía el agua de los caballos, le dijimos: “¿Por dónde saliste?” Él dijo: “Por la puerta. Estaba en la caballeriza desde el mediodía”. “La ortofónica está sonando. ¿No la oyes?”, le dijimos. Y Nabo dijo que sí. Y nosotros le dijimos: “¿Quién le dio cuerda?” Y él, encogiéndose de hombros: “La niña. Hace tiempo es ella la que le da cuerda”.
Así estuvieron las cosas hasta el día en que lo encontramos de bruces en la hierba, encerrado en la caballeriza y con la orilla de la herradura incrustada en la frente. Cuando lo levantamos por los hombros, Nabo dijo: “Estoy aquí porque me pateó un caballo”. Pero nadie se interesó por lo que él pudiera decir. Nos interesaban los ojos fríos y muertos y la boca llena de espumarajos verdes. Pasó toda la noche llorando, ardido por la fiebre, delirando, hablando del peine que se perdió en los yerbales de la caballeriza. Esto fue el primer día. Al siguiente, cuando abrió los ojos y dijo: “Tengo sed” y le llevamos agua y se la bebió toda de un sorbo y pidió un poco más dos veces, le preguntamos cómo se sentía y él dijo: “Me siento como si me hubiera pateado un caballo”. Y siguió hablando durante todo el día y toda la noche. Y finalmente se sentó en la cama, señaló hacia arriba, con el índice, y dijo que el galope de los caballos no lo había dejado dormir en toda la noche. Pero desde la noche anterior no tenía fiebre. Ya no deliraba, pero siguió hablando hasta cuando le introdujeron un pañuelo en la boca. Entonces Nabo empezó a cantar por detrás del pañuelo: a decir que oía, junto a la oreja, la respiración de los caballos, buscando el agua por encima de la puerta cerrada. Cuando le quitamos el pañuelo para que comiera algo, se volteó contra la pared y todos creímos que se había dormido y hasta es posible que hubiera dormido un poco. Pero cuando despertó ya no estaba en la cama. Tenía los pies atados y las manos atadas a un horcón del cuarto. Amarrado, Nabo empezó a cantar.
Cuando lo reconoció Nabo le dijo al hombre: “Yo lo he visto antes”. Y el hombre dijo: “Todos los sábados me veías en la plaza”, y Nabo dijo: “Es verdad, pero yo creía que yo lo veía a usted y usted no me veía”. Y el hombre dijo: “Nunca te vi, pero después, cuando dejé de ir, sentí como si alguien hubiera dejado de verme los sábados”. Y Nabo dijo: “Usted no volvió más pero yo seguí yendo durante tres o cuatro semanas”. Y el hombre, todavía sin moverse, dándose golpecitos en las rodillas, “Yo no podía volver a la plaza, a pesar de que era lo único que valía la pena”. Nabo trató de incorporarse, sacudió la cabeza en la hierba y siguió oyendo la fría voz obstinada, hasta cuando ya no tuvo tiempo ni siquiera para saber que otra vez se estaba quedando dormido. Siempre, desde cuando lo pateó el caballo, le sucedía eso. Y siempre oía la voz “Te estamos esperando, Nabo. Ya no hay manera de medir el tiempo que llevas de estar dormido”.
Cuatro semanas después de que el negro volvió a la banda, Nabo le estaba peinando la cola a uno de los caballos. Nunca lo había hecho. Simplemente los cepillaba y se ponía a cantar mientras tanto. Pero el miércoles había ido al mercado y había visto un peine y se había dicho: “Este peine para peinarle la cola a los caballos”. Entonces fue cuando sucedió lo del caballo que le dio la patada y lo dejó atolondrado para toda la vida, diez o quince años antes. Alguien dijo en la casa: “Era preferible que se hubiera muerto aquel día y no que siguiera así, rematado, hablando disparates para toda la vida”. Pero nadie había vuelto a verlo desde el día en que lo encerramos. Sólo sabíamos que estaba allí, encerrado en el cuarto, y que desde entonces la niña no había vuelto a mover la ortofónica. Pero en la casa apenas teníamos interés en saberlo. Lo habíamos encerrado como si fuera un caballo, como si la patada le hubiera comunicado la torpeza y se le hubiera incrustado en la frente toda la estupidez de los caballos; la animalidad. Y lo dejamos aislado en cuatro paredes, como si hubiéramos resuelto que se muriera de encierro porque no habíamos tenido la suficiente sangre fría para matarlo de otra manera. Así pasaron catorce años, hasta cuando uno de los niños creció y dijo que tenía deseos de verle la cara. Y abrió la puerta.
Nabo volvió a mirar al hombre. “Me pateó un caballo”, dijo. Y el hombre dijo: “Hace siglos que estás diciendo eso y mientras tanto, te estamos aguardando en el coro”. Nabo volvió a sacudir la cabeza, volvió a hundir la frente herida en la hierba y creyó recordar, de pronto, cómo habían sucedido las cosas. “Era la primera vez que le peinaba la cola a un caballo”, dijo. Y el hombre dijo: “Nosotros lo quisimos así, para que vinieras a cantar en el coro”. Y Nabo dijo: “No he debido comprar el peine”. Y el hombre dijo: “De todos modos lo habrías encontrado. Nosotros habíamos resuelto que encontraras el peine y le peinaras la cola a los caballos”. Y Nabo dijo: “Nunca me había parado detrás”. Y el hombre, todavía tranquilo, todavía sin parecer impaciente: “Pero te paraste y el caballo te pateó. Era la única manera de que vinieras al coro”. Y la conversación, implacable, diaria, continuó hasta cuando alguien dijo en la casa: “Hacía como quince años que nadie abría esa puerta”. La niña (no había crecido. Había pasado de los treinta años y empezaba a entristecer en los párpados) estaba sentada, mirando la pared, cuando abrieron la puerta. Ella volteó el rostro, olfateando, hacia el otro lado. Y cuando cerraron la puerta, volvieron a decir: “Nabo está tranquilo. Ya no se mueve adentro. Un día de esos se morirá y no lo sabremos sino por el olor”. Y alguien dijo: “Lo sabremos por la comida. Nunca ha dejado de comer. Está bien así, encerrado, sin que nadie lo moleste. Por el lado de atrás le entra buena luz”. Y las cosas se quedaron de ese modo; sólo que la niña siguió mirando hacia la puerta, olfateando el vaho caliente que se filtraba por la hendidura. Estuvo así hasta la madrugada, cuando oímos un ruido metálico en la sala y recordamos que era el mismo ruido que se oía quince años atrás, cuando Nabo le daba cuerda a la ortofónica. Nos levantamos, encendimos la lámpara y oímos los primeros compases de la canción olvidada; de la canción triste que se había muerto en los discos desde hacía tanto tiempo. El ruido siguió sonando cada vez más forzado, hasta cuando se oyó un golpe seco, en el instante en que llegamos a la sala y sentimos que todavía el disco seguía sonando y vimos a la niña en el rincón junto a la ortofónica, mirando a la pared y con la manivela levantada, desprendida de la caja sonora. No nos movimos. La niña no se movió sino que siguió allí, quieta, endurecida, mirando la pared y con la manivela levantada. Nosotros no dijimos nada, sino que regresamos al cuarto, recordando que alguien nos había dicho alguna vez que la niña sabía darle cuerda a la ortofónica. Pensándolo nos quedamos sin dormir, oyendo la musiquita gastada del disco que seguía girando con el exceso de la cuerda rota.
El día anterior, cuando abrieron la puerta, olía adentro a desperdicios biológicos, a cuerpo muerto. El que había abierto gritó: “¡Nabo! ¡Nabo!” Pero nadie respondió desde adentro. Junto a la hendija estaba el plato vacío. Tres veces al día se introducía el plato por debajo de la puerta y tres veces el plato volvía a salir, sin comida. Por eso sabíamos que Nabo estaba vivo. Pero nada más que por eso.
Ya no se movía adentro, ya no cantaba. Y debió ser después que cerraron la puerta cuando Nabo dijo al hombre: “No puedo ir al coro”. Y el hombre preguntó: “¿Por qué?” Y Nabo dijo: “Porque no tengo zapatos”. Y el hombre, levantando los pies, dijo: “Eso no importa. Aquí nadie usa zapatos”. Y Nabo vio la planta amarilla y dura de los pies des- calzos que el hombre tenía levantados. “Hace una eternidad que estoy aquí”, dijo el hombre. “Hace apenas un momento que me pateó el caballo”, dijo Nabo. “Ahora me echaré un poco de agua en la cabeza y los llevaré a dar una vuelta.” Y el hombre dijo: “Ya los caballos no necesitan de ti. Ya no hay caballos. Eres tú quien debe venir con nosotros”. Y Nabo dijo: “Los caballos deberían de estar aquí”. Se incorporó un poco, hundió las manos entre la hierba mientras el hombre decía: “Hace quince años que no tienen quien los cuide”. Pero Nabo rasguñaba el suelo debajo de la hierba, diciendo: “Todavía debe estar el peine por aquí”. Y el hombre decía: “La caballeriza la clausuraron hace quince años. Ahora está llena de escombros”. Y Nabo decía: “No hay escombros que se formen en una tarde. Hasta que no encuentre el peine no me moveré de aquí”.
Al día siguiente, después de que volvieron a asegurar la puerta, fue cuando volvieron a oírse los trabajosos movimientos interiores. Nadie se movió después. Nadie volvió a decir nada cuando se oyeron los primeros crujidos y la puerta empezó a ceder, presionada por una fuerza descomunal. Se oía, adentro, como el jadeo de una bestia acorralada.
Finalmente se oyó el chasquido de los goznes oxidados al romperse, cuando Nabo volvió a sacudir la cabeza. “Mientras no encuentre el peine no iré al coro”, dijo. “Debe estar por aquí.” Y escarbó la hierba, rompiéndola, arañando el suelo, hasta cuando el hombre dijo: “Está bien, Nabo. Si lo único que esperas para venir al coro es encontrar el peine, anda a buscarlo”. Se inclinó hacia adelante, oscurecido el rostro por una paciente soberbia. Apoyó las manos contra la talanquera y dijo: “Anda, Nabo. Yo me encargaré de que nadie pueda detenerte”.
Y entonces la puerta cedió y el enorme negro bestial, con la áspera cicatriz marcada en la frente (a pesar de que habían transcurrido quince años) salió atropellándose por encima de los muebles, tropezando con las cosas, levantados y amenazantes los puños, que aún tenían la cuerda con que lo amarraron quince años antes (cuando era un muchachito negro que cuidaba los caballos) ; vociferando por los corredores, después de haber empujado con el hombro la puerta de una tempestad, y pasó (antes de llegar al patio) junto a la niña, que permanecía sentada todavía con la manivela de la ortofónica en la mano desde la noche anterior (ella al ver la negra fuerza desencadenada, recordó algo que en un tiempo debió ser palabra) y llegó al patio (antes de encontrar la caballeriza), después de haberse llevado con el hombro el espejo de la sala, pero sin ver a la niña (ni junto a la ortofónica ni el espejo) y se puso de cara al sol, con los ojos cerrados, ciego (cuando todavía no cesaba adentro el estrépito de los espejos rotos) y corrió sin dirección como un caballo vendado, buscando instintivamente la puerta de la caballeriza que quince años de encierro habían borrado de su memoria pero no de sus instintos (desde aquel remoto día en que le peinó la cola al caballo y quedó atolondrado para toda la vida) y dejando atrás la catástrofe, la disolución, el caos, como un toro vendado en un cuarto lleno de lámparas, hasta cuando llegó al patio de atrás (todavía sin encontrar la caballeriza) y escarbó el suelo con esa furiosa tempestuosidad con que se había llevado el espejo, pensando quizás que al escarbar la hierba se levantaría de nuevo el olor a orín de yegua, antes de llegar por completo a las puertas de la caballeriza (y ahora más fuerte él mismo que su propia fuerza turbulenta) y empujarla antes de tiempo y caer adentro, de bruces, agonizante quizás, pero todavía ofuscado por esa feroz animalidad que medio segundo antes no le permitió oír a la niña que levantó la manivela, cuando lo vio pasar, y recordó babeando, pero sin moverse de la silla, sin mover la boca sino haciendo girar la manivela de la ortofónica en el aire, recordó la única palabra que había aprendido a decir en su vida y la gritó desde la sala: “¡Nabo! ¡Nabo!” ‘

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Martha Cecilia Rivera, Chicago, Abril 2014

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GRACIAS AL LAGO Y A SUS HIJOS

Art Salon

Despierto cada mañana hacia la tres o cuatro, enciendo mi computador, y, desde mi almohada, escribo mis historias. La novela del momento avanza (acabo de terminar La fatalidad de la gallina), los cuentos emiten sus voces irónicas, los poemas me desafían, mi blog y mis colaboraciones literarias toman forma. Todo eso, mientras que a través de mi inmenso ventanal carente de disfraces (cortinas), el lago Michigan me mira. A veces está quieto y viejo, brilla como la superficie de un espejo en la que no me reflejo sino que me resbalo. Otras, me ofrece todo un mapamundi con sus cambios de colores, de texturas y de formas, aquí verde, luego azul verdoso, azul, gris, infinito. Puede lucir distante o propio, eso es algo que el propio lago decide.

Mientras lo miro, a mi espalda, otros como yo que quizás todavía duermen, dedicarán también una buena parte de su día, de su esfuerzo, de su intelecto, a la búsqueda de la palabra. Cómo un conjunto de moléculas en el punto máximo de su vibrancia, nosotros los hijos del lago, los poetas de Chicago, los narradores, los ensayistas, los dramaturgos, los periodistas, nos enfrentaremos a lo largo del día a los retos de las frases y de la semántica, y al mismo tiempo también estaremos organizando una mesa redonda aquí, un conversatorio allá, una presentación, una lectura. Somos la comunidad de escritores latinos de Chicago, una comunidad que ha producido alrededor de quince libros publicados en nuestro idioma, sin contar las antologías, las revistas y periódicos, en donde nuestras voces y nuestro pensamiento se hacen oír, claros, profundas o ligeros, siempre llenos de orgullo latino.

A esa comunidad a la que me enorgullezco de pertenecer, nuestro propia versión del boom, y a ese lago que le dio vida, agradezco con todo el corazón su compañía el pasado sábado en el Salón de Arte que organizó el artista y poeta Miguel López Lemus para presentar mi novela Fantasmas para noches largas.

Los Salones de Arte de Miguel López Lemus, se están convirtiendo en un punto privilegiado de encuentro cultural y social al mismo tiempo, íntimo, donde los escritores de Chicago nos reunimos a…ser amigos. Charlar, reírnos, tomarnos unos buenos vinos y darnos apoyo los unos a los otros. La velada del sábado, lo sabemos las cuarenta o más personas que asistimos, resultó muy especial porque algo que todos dimos, y recibimos, fue cariño. Gracias, amigos.

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Martha Cecilia Rivera, Chicago, Abril 2014

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QUE DESCANSE, GABRIEL GARCIA MARQUEZ

QUE DESCANSE

Gabriel García Márquez 2

http://rt.com/news/gabriel-garcia-marquez-dead-87-276/

http://elcomercio.pe/luces/libros/murio-gabriel-garcia-marquez-noticia-1723487

Cuando las noticias acerca de la enfermedad de Gabriel García Márquez recrudecieron, como recrudecieron las tormentas tropicales algunas veces en sus lugares de fantasía, con tanta crueldad, o tan bien descritas que el maestro nos hizo sentir a través del papel y la tinta el temor ante su fuerza, además de hacernos escuchar los truenos, ver los relámpagos y sobrecogernos, empecé a preguntarme si estaría mal de mi parte dedicarme a preparar desde ahora unas palabras sobre él, para cuando fuera tiempo, o no ser tan cínica y esperar pacientemente la noticia para luego improvisar un homenaje de unas pocas líneas. Al final me decidí por lo primero, prepararme. Y prepararme significó, en mi caso, darme a la tarea de seleccionar algunas de esas frases que él puso en la boca o el pensamiento de sus personajes y que expresan toda una filosofía de vida, de seguro aquella desde la cual pudo ofrecernos esa combinación de originalidad, pensamiento profundo y desenfado que hicieron de la suya una obra única, capaz de obligar a reírse y al mismo tiempo a cuestionarse a las personas de cualquier parte del mundo. Estas son algunas de esas frases. Las transcribe ahora mismo porque creo que no podré escribir acerca de él por un timepo.

“La peor forma de extrañar a alguien es estar sentado a su lado y saber que nunca lo podrás tener”.
“El problema del matrimonio es que se acaba todas las noches después de hacer el amor, y hay que volver a reconstruirlo todas las mañanas antes del desayuno”.
“Los seres humanos no nacen para siempre el día en que sus madres los alumbran, sino que la vida los obliga a parirse a sí mismos una y otra vez”.
“Así es -suspiró el coronel-. La vida es la cosa mejor que se ha inventado”.
“El secreto de una buena vejez no es otra cosa que un pacto honrado con la soledad”.

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Martha Cecilia Rivera, Chicago, Abril 2014

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LA MONTAÑA DEL ALMA

gao xingjian

GAO XINGJIAN
China, 1940
Premio Nobel de Literatura 2000

“Te has subido a un autobús de línea. Y, desde la mañana, el viejo bus reconvertido para la ciudad ha traqueteado durante doce horas seguidas por las carreteras de montaña, mal conservadas, llenas de resaltes y de baches, antes de llegar a este pueblecito del sur.

Con la mochila a cuestas y una bolsa en la mano, paseas la mirada por el párking sembrado de envoltorios de polos y de desechos de caña de azúcar.

Hombres cargados de sacos de todos los tamaños y mujeres con bebés en los brazos descienden del autobús o atraviesan el párking mientras una pandilla de jóvenes, sin sacos ni cestas, sacan de una bolsita pipas de girasol que se llevan una tras otra a la boca y cuya cáscara escupen acto seguido. Se las comen con elegancia emitiendo una especie de silbido, con una distinción y un aire desenvuelto típicos del estilo local. Aquí, en su tierra natal, nada les impide vivir con total libertad, sus raíces ahondan en este suelo generación tras generación. Es inútil que vengas tú de lejos en busca aquí de unas raíces en su lugar. Pero, para los que abandonaron este pueblo hace mucho tiempo, no existía evidentemente aún esta estación de autobuses y menos aún estos autocares. Por río era preciso tomar una barca recubierta de esterillas de bambú y por tierra alquilar una carreta. Si uno no tenía realmente un fen, no había más remedio que ir a pie. Ahora, todos cuantos siguen aún con vida regresan aquí quién más quién menos, incluso desde la otra orilla del océano Pacífico, ya con un pequeño utilitario, ya con un cochazo con aire acondicionado. Algunos han hecho fortuna, unos pocos se han vuelto famosos, otros no son nada, pero todos retornan aquí debido a su avanzada edad. Llegado al final de su vida, ¿quién puede escapar a esta nostalgia? Aquellos que nunca tuvieron las menores ganas de abandonar este lugar deambulan con mayor naturalidad, balanceando los brazos, riendo y charlando en voz alta, sin la menor traba. Su entonación es dulce y familiar, casi conmovedora”…

GAO XINGJIAN. La montaña del alma. Ediciones del Bronce, 2001.

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Martha Cecilia Rivera, Chicago, Abril 2014

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RECORDANDO AL BOOM

boom latinoamericano

Tropecé inesperadamente con la fotografía que acompaña esta nota, en la que aparecen algunos de los más destacados escritores del boom latinoamericano, y al hacerlo, no pude evitar recordar todas las historias y anécdotas que sobre el boom y sus escritores se escuchaban en la década de los 60s en Latinoamérica. Resumo algunas de las que vienen a mi memoria, así como algunos de sus aspectos formales que corresponden al nombre, sin entrar en ningún tipo de consideración propiamente literaria:

• Se conoce como el boom literario a la generación de escritores latinoamericanos que empezaron a publicar en los años sesenta, a quienes se atribuye el haber cambiado la historia de la literatura de la región sacándola de su herencia de costumbrismo y provincialismo, para inaugurarla como una literatura de alta calidad, digna de ocupar un lugar en la historia de las letras universales.

• Entre los más destacados escritores del boom se encuentran Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Julio Cortázar, José Donoso, Carlos Fuentes, Juan Carlos Onetti, Jose Lezama Lima.

La ciudad y los perros (Vargas Llosa), Cien años de soledad (García Márquez), Cambio de piel (Carlos Fuentes) y El obsceno pájaro de la noche (José Donoso), son algunas de las obras emblemáticas de la generación del boom.

• La ciudad de Barcelona se encuentra indiscutiblemente ligada a la configuración del boom latinoamericano porque era la ciudad donde vivían algunos de sus más famosos representantes, entre ellos García Márquez, Vargas Llosa y Carlos Fuentes.

• Carlos Barral, y la editorial Seix Barral también son parte ineludible de la historia del boom, por cuánto publicó los primeros trabajos de algunos de sus escritores. Lo mismo se debe decir de la famosa agente literaria Carmen Balcells.

• Una anécdota famosa de la época es que Vargas Llosa propinó en una ocasión a García Márquez debido a líos de faldas.

• Otra, que Carmen Balcells ayudó financieramente a varios de los escritores, inclusive proporcionándoles hospedaje y comida a ellos y a sus familias en varias ocasiones o durante tiempos muy largos.

• Algunas otras anécdotas relacionadas con el boom se pueden leer en:

http://www.diariolibre.com/jose-rafael-lantigua/2013/01/12/i367240_anecdotario-entretela-del-boom.html

En la foto de izquierda a derecha: Mario Vargas LLosa, su esposa, Pilar Serrano, José Donoso, Mercedes Barcha y su esposo Gabriel Garcia Marquez.

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Martha Cecilia Rivera, Chicago, Abril 2014

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PREMIO PULITZER DE POESíA 2014

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Vijay Seshadri

Vijay Seshadri es el poeta nacido en India y criado in Brooklyn, New York, quién acaba de ganarse el Premio Pulitzer de Poesía 2014 por su colección de poemas titulada en inglés “3 Sections”. El premio se suma a otros varios de importancia dentro del ámbito de la poesía en U.S.A., incluyendo The James Laughlin Award que ganó en el 2003 con su segundo volumen de poesía titulado The Long Medow, así como varios patrocinios de esos que son en realidad un premio, incluidos los que son otorgados por New York Foundation for the Arts, National Endowment for the Arts y John Simon Guggenheim Memorial Foundation.

Encontré uno de los poemas del volumen recién premiado, que apareció en la revista de Poetry Foundation en febrero de 2012, y una traducción no autorizada al español del mismo poema. Incluyo ambas versiones a continuación:

Imaginary Number
The mountain that remains when the universe is destroyed
is not big and is not small.
Big and small are
comparative categories, and to what
could the mountain that remains when the universe is destroyed
be compared?
Consciousness observes and is appeased.
The soul scrambles across the screes.
The soul,
like the square root of minus 1,
is an impossibility that has its uses.

Número imaginario
La montaña que permanece cuando el universo se destruye
no es grande ni pequeña.

‘Grande’ y ‘pequeño’ son categorías comparativas,
y ¿con qué puede compararse la montaña
que permanece cuando el universo se destruye?

La conciencia observa y se apacigua.
El alma se revuelve entre las piedras.

El alma,
como la raíz cuadrada de menos uno
es una imposibilidad que de algo nos sirve”
.

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Martha Cecilia Rivera, Chicago, Abril 2014

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EL RETRATO DE DORIAN GRAY

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Oscar Wilde
Irlanda, (1854 – 1900)

“Un intenso olor de rosas penetraba en el estudio, y cuando, entre los árboles del jardín, comenzaba la brisa, llegaban por la puerta abierta el denso aroma de las filas o el más delicado perfume de los agavanzos en flor.

Desde el rincón del diván de alforjas persas en que yacía, fumando, según costumbre, cigarrillo tras cigarrillo, Lord Henry Wotton podía divisar el resplandor dorado de las flores color de miel de un cítiso, cuyas ramas trémulas apenas parecían capaces de soportar el peso de tan flamante belleza, y de cuando en cuando, las sombras fantásticas de los pájaros cruzaban las largas cortinas de seda que cubrían el ancho ventanal, produciendo una especie de efecto japonés momentáneo, y haciéndole pensar en esos pintores de Tokyo, de rostro jade pálido, que por medio de un arte forzosamente inmóvil tratan de dar la impresión de la rapidez y el movimiento. El zumbido adusto de las abejas, abriéndose camino a través de la alta hierba sin segar, o revoloteando con monótona insistencia en torno de las polvorientas cabezuelas doradas de una dispersa madreselva, parecía hacer aún más abrumadora esta quietud. El sordo estrépito de Londres era como el bordón de un órgano lejano.

En el centro de la habitación, sostenido por un caballete veíase el retrato, de tamaño natural, de un joven de extraordinaria belleza, y frente a él, sentado a poca distancia, al pintor en persona, Basil Hallward, cuya súbita desaparición pocos años antes había causado tanta sensación y dado origen a tantas extrañas conjeturas”…

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Martha Cecilia Rivera, Chicago, Abril 2014

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